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¿Es legítima la existencia de Israel?

Si crees que Israel no debe existir porque has oído que no es vinculante la resolución 181 de la ONU, que los judíos “invadieron” una tierra que no era suya, porque ignoras cómo se fundó, porque el mandato de crear un “hogar” judío de la Sociedad de Naciones no te parece suficiente, porque hubo grupos extremistas y hasta terroristas operando (al margen del sionismo oficial) antes de su fundación, porque su fundación te parece “turbia”, porque simplemente odias a los judíos o por cualquiera otra razón, pues entonces deberías desear también la desaparición de una gran cantidad de países, para ser congruente. Todos los Estados que tenían monarquías y éstas fueron derrocadas, deben coronar a los descendientes de sus viejos monarcas. Todos los territorios que fueron del Imperio Romano deben serle devueltos inmediatamente a Italia o al Papa, Estados Unidos debe ser devuelto a Inglaterra, Hispanoamérica a España, Brasil a Portugal, etcétera. Pero todos estos ya serían de Italia o del Papa, herederos de Roma. Luego habría que ver si existen aún descendientes de pueblos que tenían la posesión de estos territorios antes de Roma. Y luego las colonias devolvérselas a sus habitantes indígenas. Partes de México, por ejemplo, serían para los descendientes puros de los aztecas. Pero después habría que buscar a los descendientes de los pueblos que fueron a su vez conquistados por los aztecas. En otras palabras, habría que deshacer la historia completamente, hasta llegar al hombre de las cavernas, o al tiempo en que no existía ningún tipo de posesión de la tierra. Eso sí, en el proceso habría que quitarle el Medio Oriente (todo) a los árabes y dárselo a sus poseedores originales, incluyendo… ¡Judea a los judíos!

Jerusalen

 

Israel es probablemente el único Estado moderno cuya existencia cada tanto se pone en duda por esa cosa amorfa y rudimentaria que llamamos la “opinión pública”. No sé de ningún otro país que esté en ese caso. Es más, esa misma “opinión pública” defiende vehementemente la autodeterminación de los pueblos y el derecho de todos a tener un Estado propio. De todos, menos de los hebreos. Y es curioso, porque dentro del origen “turbio” (o violento) que tienen una parte importante de los Estados (si no es que todos), si se mira con atención a sus historias, sucede que Israel, sin estar completamente exento de esos episodios violentos, es seguramente uno de los menos turbios. Su origen es anterior a Roma. Y anterior a otros imperios previos a Roma, como Grecia, Persia, Asiria o Babilonia. Israel ocupa esa tierra al menos desde el siglo XIII a.C. No ha habido nunca en ese pequeño territorio un Estado soberano que no fuera Israel. No sólo eso: esa tierra jamás estuvo en manos de árabes. Ha estado en manos de hebreos, griegos, romanos, turcos y, parcialmente, ingleses, nada más. Jamás fue tierra “árabe”. Simplemente, sucedió que las vueltas de la historia trajeron a los hebreos de regreso, y legítimamente. El territorio de Israel fue por siglos una provincia del Imperio Otomano, el cual conquistó Bizancio, el heredero oriental del Imperio Romano. Los romanos conquistaron Israel y los otomanos conquistaron el Imperio Romano de Oriente. El verdadero nombre de la provincia siempre fue Judea, pero el emperador Adriano, por odio a los judíos, la cambió por Palestina, palabra que no tiene absolutamente nada que ver con árabes o musulmanes, sino con los enemigos clásicos de los hebreos, de origen griego, llamados filisteos, y que significa “invasores”. Es decir, Adriano escogió el nombre que más podría irritar a los judíos para su vieja provincia, pero jamás existió un país llamado Palestina (o un pueblo palestino, como no fueran los viejos invasores filisteos), y ese nombre sólo lo usaban los romanos y, posteriormente, los arqueólogos y eruditos para referirse a esa tierra, cuyo nombre real es, permítaseme repetir, Judea, y jamás debió haber sido cambiado. Pues bien, siguiendo con la historia, la revolución turca y la Primera Guerra Mundial acabaron con el Imperio Otomano. La Sociedad de Naciones, creada tras la primera guerra mundial, tomó el control de las provincias del Imperio, con la finalidad de crear nuevos estados más o menos en conformidad con lo que había antes de Roma. Así se crearon Siria, Irak, Líbano, Jordania, Egipto, Libia, Turquía, estados cuya legitimidad absolutamente nadie pone en duda. Pero también se creó Israel, exactamente de la misma manera, y su existencia sí se pone en duda por muchos. ¿Por qué se pone en duda? Porque implicó la llegada a la región de “nueva gente” y el desplazamiento y la opresión de quienes ahí vivían. Esto es lo que se nos dice en las narrativas propalestinas, al menos. Pero veamos la realidad. Primero, esa gente que llegó es descendiente de quienes habitaban allí antiguamente. Segundo, llegaron por consenso de prácticamente todas las naciones. Tercero, muchos de ellos simplemente no llegaron, como se cuenta, sino que ya estaban ahí. A pesar de la destrucción de Jerusalén en el 70 d.C., siempre hubo presencia judía en esa provincia de tres diferentes imperios. En el siglo XIX, cuenta una guía de turistas que dos tercios de la población de Jerusalén era judía, y fuera de Jerusalén, era una tierra prácticamente vacía y abandonada. Hay decenas de testimonios de viajeros que cuentan que sencillamente no había gente, todo era un vasto desierto, tierra de nadie. A partir de la mitad del siglo XIX, el Imperio Otomano autorizó la inmigración judía y la compra de tierras por parte de éstos a los árabes. Y así ocurrió. Los dueños de esas tierras ni siquiera habitaban allí (pues allí no habitaba nadie), sino en lo que hoy es Jordania, Siria, Egipto. No les daban ningún uso, estaban completamente abandonadas y deshabitadas, por lo que se alegraron de que alguien estuviera interesado en comprarlas. Las vendieron muy caras y se les pagó el precio convenido. ¿Qué sucedió después? Simple, empezaron a arar y hacer producir las tierras los nuevos compradores, contratando mano de obra de los países árabes vecinos. Así fue como se pobló de árabes, es decir, que no había tal cosa como pobladores árabes originales, a excepción de algunos beduinos o familias aisladas. Éstos llegaron de las provincias vecinas contratados por los inmigrantes hebreos, cuya inmigración fue enteramente legal.

Amin al-Husayni y Adolf HitlerPero sucedió que al prosperar las tierras, los jornaleros árabes comenzaron a recelar de sus “infieles” patrones y comenzaron a inventar la idea de que estaban invadiendo una tierra que era suya, como si ellos hubieran estado ahí siempre. La xenofobia y radicalismo religioso comenzaron a hacer su parte. Fue entonces cuando surgió la figura de Amin al-Husseini (ya en el siglo XX), considerado el padre del nacionalismo palestino, el cual consistió principalmente en inventar una serie de mitos, entre ellos la existencia de tal cosa como un “pueblo palestino”, poblador milenario de esas tierras, que fue colonizado, oprimido y saqueado por los malvados sionistas (sionismo es el movimiento que consistió en fomentar el regreso de los hebreos a su viejo hogar nacional, nada más). Husseini emprendió varios pogromos para asesinar pobladores judíos, y, ya durante la Segunda Guerra Mundial buscó a Hitler para convencerlo de que no deportara judíos a la provincia de Palestina, sino que los exterminara. Según algunos biógrafos o historiadores, esto terminó de fraguar la doctrina de la “Solución Final” en el Tercer Reich, pero otros consideran que esta ya estaba en marcha. Los recién creados “palestinos” también consiguieron que todo el mundo árabe amenazara a su aliado petrolero, el gobierno británico, que por Mandato de la Sociedad de Naciones estaba encargado de la creación del estado judío, así como de Jordania e Irak, estados que habían sido ya creados sin problema para entonces, no sólo para que siguiera retrasando la creación de Israel sino que la impidiera por completo. Y el Reino Unido hizo, en efecto, lo que pudo para complacer a los árabes. No sólo les preocupaba a éstos arrebatar esas tierras desérticas que ya habían vendido a elevados precios a los judíos, y que ahora prosperaban, sino terminar con la presencia misma de esos “infieles”. Según el plan sionista original, los árabes podían quedarse y hacerse ciudadanos israelíes, o trasladarse, si no querían, a los estados árabes vecinos, como Egipto, Siria y Jordania. Pero la ONU alteró el plan original que daba Jordania, Siria, Egipto, Líbano e Irak a los árabes e Israel a los judíos, y propuso un nuevo e injusto plan con la intención de satisfacer a todos. Dividieron la tierra destinada a Israel en partes aproximadamente iguales (ligeramente mayor para los judíos, aunque con mucho más desierto), para que los árabes tuvieran también un lugar, además de los Estados ya dados, en la vieja provincia de Judea (menos del 0.4% del territorio musulmán en Medio Oriente). Es decir, el plan original daba a los israelíes el 0.4% del Medio Oriente, pero los musulmanes no estaban conformes. La ONU le quitó a los hebreos todavía la mitad de ese 0.4%, dejándoles el 0.2%, en 1948. Los judíos, con tal de tener paz, lo aceptaron, pero los árabes no. Querían toda la tierra y juraron la destrucción de Israel. Hay quienes no consideran que la resolución mencionada de la ONU, la famosa 181, sea válida, alegando que “no son vinculantes” las resoluciones de la ONU, a menos que sean del Consejo de Seguridad. Pero esto sólo significa que la parte que no quiera cumplirla no será atacada por fuerzas multinacionales, no que no tenga el derecho la otra parte a recibir los beneficios otorgados por la resolución. La parte inconforme y que no quiera acatar la resolución, sólo tiene el recurso de la guerra injusta. Y, además, no notan estas personas que si no es vinculante, entonces no lo es para Israel especialmente, pues fue una resolución en su contra, y que les despojaba de la mitad de su territorio.

Los vecinos optaron, pues, por la guerra. Israel se instaló y de inmediato los Estados árabes vecinos (6 en total) declararon la guerra en favor de sus hermanos “palestinos” (lo pongo entre comillas porque no se puede hablar todavía, propiamente, de un pueblo palestino, sino de los habitantes árabes de ese territorio, que en realidad eran simplemente árabes de Jordania, Egipto, Siria, Líbano, como ya vimos, y que llegaron atraídos por la demanda de mano de obra creada por los colonos judíos), que no querían aceptar lo que la ONU les dio y querían, como ya se dijo, toda la tierra entre el Jordán y el Mediterráneo para ellos. Algunos de esos “palestinos” ya habían aceptado la existencia de Israel y habían decidido quedarse y hacerse ciudadanos de ese país. Ellos hasta la fecha siguen habitando ahí, con un nivel de vida mucho más elevado que el de cualquier país árabe y con pleno respeto a sus derechos humanos. Otros habitantes árabes decidieron no quedarse y salir, con la esperanza de regresar al vencer en la guerra. Pero sucedió que fueron ellos los vencidos, y esos 650,000 palestinos desplazados por iniciativa propia, se establecieron en los territorios que la ONU les había asignado en Gaza y Cisjordania, en ese entonces ocupados por Egipto y Jordania, respectivamente, así como en campamentos de refugiados en Líbano, Siria y Jordania, países que les negaron rotundamente la ciudadanía a ellos y a sus descendientes, hasta la fecha. Así es como empezó a existir el Estado de Israel. Con el tiempo, prácticamente todos los países árabes han reconocido su existencia y legitimidad. Egipto y Jordania renunciaron a toda pretensión sobre los territorios de Gaza y Cisjordania, reconociendo la soberanía de Israel sobre estos. La creación de Israel es, pues, tan legítima o más que la de otros Estados cuya existencia nadie cuestionaría, so pena de parecer ridículo. Está ahí y ahí se va a quedar. Ninguna posible solución al conflicto árabe-israelí puede ni siquiera remotamente suponer la desaparición de Israel, por principio.

A pesar de que los territorios de Gaza y Cisjordania debieron haber quedado dentro de Israel, como ya explicamos, conforme al plan original de la Sociedad de Naciones, y a pesar de que tras la injusta resolución 181 habían sido rechazados por los árabes en 1948, oficialmente pertenecían a Egipto y Jordania, como ya se ha dicho, e Israel los respetaba, incluso si se usaban para vulnerar la seguridad del nuevo Estado Judío. Finalmente, en 1967, por tercera vez, se confabularon todos los países árabes vecinos para lanzar un nuevo ataque genocida y, nuevamente, perdieron. Al vencer, Israel ocupó esos territorios sin haberlo realmente planeado, y decidieron quedarse, por seguridad. Egipto y Jordania terminaron cediéndolos, como ya se dijo, y los habitantes, que ahora empezaron a ser llamados “palestinos”, se dedicaron a tratar de liberarse mediante ataques terroristas, incluso a pesar de que eran mejor tratados por Israel que por sus connacionales árabes. Incluso se les dio derecho a la ciudadanía israelí, y su situación económica mejoró considerablemente gracias a la gestión israelí. Aun así, la ocupación en tales territorios ha servido de pretexto para sostener una lucha cuyo verdadero objetivo no es la “liberación palestina”, sino el exterminio no sólo del Estado de Israel sino hasta del último judío del mundo, como lo declaran abiertamente los líderes del movimiento. En 2004, Israel se retiró completamente de Gaza, dejándoles a los palestinos plena autonomía política y económica (con sólo restricciones en el mar y el aire, por cuestiones de seguridad), y dejándoles mucha infraestructura productiva, especialmente agrícola. Lo primero que hicieron los pobladores de Gaza fue destruir por completo dicha infraestructura, sólo por su origen “judío” (quejándose, eso sí, de su pobreza), y lanzar toda clase de ataques terroristas sobre sus vecinos, lo que conduce cada tanto a que Israel tenga que intervenir en Gaza para mantener el control de su propia seguridad.

La solución de Dos Estados, es decir, la aceptación de la existencia de un Estado soberano palestino en los territorios de Gaza y Cisjordania, es para muchos la panacea, y el mito propalestino asegura que es Israel quien se niega a ello, con la sola finalidad de seguir “saqueando”, “oprimiendo” e incluso “masacrando” a los pobres palestinos (saquear no se sabe qué, pues no tienen nada, y masacrarlos no se sabe por qué, quizá sólo por el gusto de hacerlo). Pero nada más falso. Israel aceptó la solución de los Dos Estados desde… ¡1948! Son los árabes quienes absolutamente no la quieren, y la han bloqueado e impedido cada vez que han estado a punto de obtenerlo. Gaza fue completamente liberada, por decisión unilateral de Israel, en 2004 y no han hecho sino un pésimo uso de dicha libertad. Boicotean todas las negociaciones, pues es un jugoso pretexto-negocio mantener viva la Causa Palestina, que tanto atrae al sector más ignorante y radical de la opinión pública occidental, así como numerosas ayudas internacionales y financiamiento al terrorismo. Naturalmente, fingen que sí buscan un acuerdo de paz, pero poniendo intencionalmente ciertas condiciones que saben de antemano son imposibles de aceptar para Israel, por su propia seguridad, y mucho más con los antecedentes que ya existen de cómo son usados esos territorios, lo que sólo permite inferir que sería todo mucho peor incluso si además contaran con plena autonomía militar.

Así que, en resumen, los judíos no tomaron la tierra de nadie. Llegaron a comprar grandes porciones de desierto, legítimamente y autorizados por la autoridad turca y después británica. Jamás hubo Estado árabe alguno allí, ni Estado soberano alguno que no fuera hebreo. Son los árabes quienes lograron quitarles el 50% de su tierra, y, no conformes con ello, quieren quitarles el 100%, y de paso exterminarlos por completo, y no sólo a los judíos israelíes, sino “hasta el último judío del mundo”. Detrás de esto hay xenofobia, fascismo, odio, nacionalismo barato, populismo, fanatismo religioso, nihilismo, envidia, codicia de esas tierras que primero vendieron y cuando prosperaron por el arduo trabajo de los nuevos pobladores, ahora quieren arrebatar por la fuerza. Los árabes inventaron de la nada una “nación” inexistente, que no se formalizó sino hasta 1967 con la OLP, con la única finalidad de tener un pretexto para su sed de destrucción y genocidio. Y es por esto que probablemente jamás se alcanzará una solución pacífica, por desgracia. Por el contrario, Israel está cada vez más obligado a protegerse, y la opinión pública internacional, incapaz de distinguir la verdad de la mentira, incapaz de esperar hasta haber escuchado con detenimiento ambas versiones para dar su veredicto, les da, cada vez más, la espalda.

By | 2018-04-29T17:09:55+00:00 abril 29th, 2018|Categories: Blog|Tags: , , , |0 Comments

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